Desaparecido en combate y con el fútbol insípido que mostró en casi toda la fase de grupos, Jude Bellingham deambulaba desesperado por el césped del estadio del Schalke 04, escenario destinado a ser el lugar en el que Eslovaquia ridiculizaría a Inglaterra. Los ‘pross’ ya preparaban su funeral y los críticos sus afiladas plumas cuando en un solo segundo, el que necesitó el jugador del Real Madrid para armar una chilena espectacular, todo cambió para alivió de la estrella del combinado británico.
El entorno de Inglaterra -aficionados, medios de comunicación y opinadores-, es campeón mundial en generar héroes y villanos. La Eurocopa de Alemania es un gran ejemplo de la montaña rusa en la que viven los miembros de la selección inglesa, que antes de que echara a rodar el balón ya tenían en la figura de Gareth Southgate a su primer mártir para la causa. Anunciar en una entrevista que si no ganaba el torneo se despediría tras ocho años en el cargo, fue su losa y esa fue la casilla de salida para los criticones, que encontraron en el mal fútbol de Inglaterra otro filón para dar rienda suelta a sus afiladas plumas.
Jude Bellingham consiguió un par de bonus extra gracias a su flamante puesta en escena frente a Serbia. Marcó el gol de la victoria gracias a un cabezazo imperial y fue encumbrado como el héroe de Inglaterra, que realmente no jugó nada bien. Pero una victoria (0-1) y un héroe de fama mundial bastaron para tapar todos los rotos del equipo de Southgate. Bellingham disfrutó de su momento, en el que muchos compañeros y medios de comunicación británicos pidieron durante unos días pidieron el Balón de Oro para el jugador del Real Madrid.
Y si la subida fue rápida, la caída también, porque Inglaterra rozó el esperpento en los dos siguientes partidos ante Dinamarca (1-1) y Eslovenia (0-0). Southgate, de nuevo, fue el saco de boxeo que aguantó los golpes por su inmovilismo y sus experimentos. Insistió con un lateral como Trent Alexander-Arnold en el mediocentro y en dejar a Cole Palmer y a Kobbie Mainoo en el banquillo. Lo pagó caro. La afición se unió a los medios y pasó a abuchear a su entrenador. Y mientras, Bellingham, aún con la bula de su estreno, empezó a perder credibilidad tras dos encuentros en los que pasó totalmente desapercibido.
Genio y villano
La tormenta perfecta para el genio del Real Madrid se comenzó a cocinar en la víspera de los octavos de final. Su desaparición del once empezó a sonar como una posible solución para los males de Inglaterra. Pedían a los agitadores Palmer y Gordon como soluciones al atasco y poco a poco, el camino hacia la búsqueda de un villano en caso de debacle se abría paso. Bellingham, el genio del primer día, sería el malvado del último. El terreno estaba allanado para señalarle como culpable en caso de otro duelo fallido y de una eliminación de Inglaterra.
Eslovaquia, un rival teóricamente mucho más débil, aportaba algo más de tragedia a la historia. Era impensable caer contra el conjunto centroeuropeo y los planetas debían alinearse para que Bellingham acabara en las garras del mordaz entorno mediático que rodea a Inglaterra, que a falta de alegrías en forma de victorias y buen juego se frota las manos en la búsqueda de culpables. Y así ocurrió, porque con un gol de Ivan Schranz que aguantó solitario en el marcador hasta el minuto 95, Eslovaquia generó la oscuridad necesaria para buscar culpables en el otro bando.










