Existía una sensación común en Anfield de que Darwin Núñez era el más señalado para fallar. Y entre su disparo flojo a media altura y la gran estirada de Donnarumma, se consumó el triste martes del uruguayo. Suele ocurrir, cuando no te salen las cosas durante el partido, tirar un penalti es un riesgo extremo.
Puedes quedar como un héroe, como cuando Sergio Ramos se atrevió a hacer un ‘panenka’ en unas semifinales de la Eurocopa tras mandar uno a las nubes en unas semifinales de Champions, o puedes ser el objeto de crítica del siempre mucho más sencillo análisis posterior.
Darwin demostró tener carácter y valor para disparar el segundo lanzamiento de su equipo. Su partido había sido tétrico. Salió desde el banquillo y encadenó un error tras otro. Pases mal dados, balones perdidos e incluso una pelota hacia la que corrió y dejó de hacerlo a mitad de camino porque pensaba que aparecería un compañero que no apareció.
Certificada la eliminación, Darwin deambuló por el centro del campo, tiró sus protecciones y sus vendas al suelo y fue de los últimos en marcharse de Anfield. El público, fiel a su equipo, los despidió a todos entre aplausos, porque por mucho que Darwin tuviera un partido terrible y su salida en verano sea plausible, no fue él el culpable de la eliminación del Liverpool.
Los factores para la caída de los ‘Reds’ fueron muchos, pero centrar la atención en el ‘nueve’ de Arne Slot no sería justo, sobre todo cuando Diogo Jota jugó casi todo el encuentro, no hizo nada destacable y suma más de cuatro años sin marcar un gol en Champions.










